Con la muerte de Pilar Ramiro se nos va una persona referente del sector de la discapacidad en nuestro país, pero también una manera de transitar por el mundo: desde el activismo, con empuje y valentía, defendiendo los derechos de las personas con discapacidad y, en particular, los de las mujeres.
Desde la infancia convivió con una discapacidad física que la llevó a ser usuaria de silla de ruedas. Muy joven, al final de la dictadura, militó en movimientos políticos y sociales desde los que reivindicó su doble condición discriminada: como mujer y como persona con discapacidad.
Se manifestó siempre en favor de la igualdad de oportunidades y de la no discriminación, haciendo de esa doble lucha —la defensa de los derechos de las personas con discapacidad y la igualdad de las mujeres— su bandera.
En su activismo asociativo participó en la dirección de los primeros movimientos de personas con discapacidad física. Aquella etapa fue, desde el inicio, fundamentalmente reivindicativa: exigía a las administraciones públicas el ejercicio efectivo de los derechos y el acceso a los servicios. Más adelante, esa acción evolucionó hacia un modelo más colaborativo, propio del nuevo paradigma de prestación de servicios. Son ejemplo de ello el Centro de Día Frida Kahlo, de la entonces Coordinadora de Minusválidos de la Comunidad Madrileña, o la creación de Centros Especiales de Empleo, como Diseño Vivo.
En el ámbito político fue muy activa y participativa desde la promulgación de la LISMI en 1982. Intervino en numerosas conferencias y ponencias, siempre en defensa de lo que fue su bandera vital: su condición de mujer y de persona con discapacidad, hasta su última etapa como presidenta de la Comisión de Género del CERMI Estatal. Contribuyó de forma decisiva a la toma de conciencia y a la visibilidad de las mujeres y niñas con discapacidad, situando esta cuestión entre las primeras posiciones de la agenda política del movimiento de la discapacidad.
Personalmente, la conocí en el arranque de la Confederación PREDIF, donde formó parte de su primera Junta Directiva. Allí pude descubrir a una mujer con un discurso perfectamente estructurado y coherente, que no necesitaba notas ni escritos para sostener su relato, porque lo llevaba integrado con una naturalidad admirable.
Se nos ha ido una figura clave del movimiento asociativo de la discapacidad. Nos queda darle las gracias por decir lo que había que decir, por estar cuando costaba estar y por recordarnos que los derechos tienen nombre, cuerpo y vida concreta.